Juan y Emilio ya habían trazado un plan, unos traficantes de armas de contrabando nos iban aprovisionar para poder salir a las calles y defendernos de los ataques zombis, las noticias no eran alentadoras, la cifra de infectados iba en aumento, David estudiaba la rara condición de los infectados en el taller y trataba de buscar explicaciones coherentes a la condición en la cual se encontraban, los gobiernos disfrazaban con falsas noticias el error que ellos intencionalmente habían cometido, la gente huía de las ciudades, algunos lo lograban, otros eran masacrados por los organismos de defensa o devorados por los zombis.
Estaba decidido, teníamos que salir a la calle como diera lugar, pero la pregunta era si en el día o en la noche, las patrullas eran inclementes, disparaban o detenían a todo aquel que veían en la calle, pasamos horas trazando una ruta para encontrarnos con el contacto de Juan y Emilio, no teníamos mucho tiempo, los traficantes se movían constantemente, el sitio del encuentro estaba a unas 27 cuadras del taller y teníamos que irnos por los callejones infestados de zombis, tomamos lo que había a la mano, un par de bates que mi amiga guardaba en su closet y con los cuales solía amedrentar hippies es su época de justiciera anti mamertos, también teníamos un machete oxidado que servía para pelar cocos que luego eran convertidos en helados y arroz gracias a las dotes culinarias de los que allí íbamos regularmente.
Fuimos Emilio, Juan y yo, el resto se quedó en el taller, empezamos caminar y a las dos cuadras dimos con una patrulla, logramos escondernos en el ante jardín de una casa, la patrulla llevaba unos zombis que habían sido capturados, los tenían amarrados de los pies y los arrastraban por la calle mientras estos golpeaban sus cabezas con el frío pavimento y se iban despedazando, la risa de los patrulleros se calaba en los huesos y hacía que sudáramos frío por el miedo a ser descubiertos, pensábamos en nuestros familiares infectados y al mismo tiempo nos llenábamos de odio, seguimos nuestro camino, era toda una proeza, aparecían zombis y nosotros golpeábamos sus cabezas con fuerza, decapitábamos, pateábamos con furia; cuerpos, sangre y cabezas marcaban el camino por el cuál nos movíamos, tuvimos que correr por unas 7 cuadras sin descansar luego de ser perseguidos por una docena de zombis que se percató de nuestra presencia, nuestras ropas estaban ensangrentadas, entrañas de personas que en algún momento fueron personas yacían bajo nuestro zapatos, no fue fácil al comienzo pero logramos irnos acostumbrando a el fétido olor que impregnaba las calles, cada una de nuestras salidas se iba convirtiendo en una experiencia más que ayudaba a la siguiente, recogimos las armas y ahora el dilema era el como volveríamos, eran diez, cuatro fusiles, cinco pistolas y una escopeta, además de las municiones que eran bastantes, no sabíamos como regresaríamos con todo ese armamento, los traficantes no podían ayudarnos, ellos iban en otra dirección contraria a la nuestra y las patrullas estaban rondando muy cerca, pronto podrían ser encontrados y enjuiciados, vieron la dificultad en la cual nos encontrábamos y nos dieron un carrito de supermercado que encontraron al fondo de la casa, el problema ahora radicaba en la bulla que haríamos con ese carrito y que llamaría la atención de las patrullas y los zombis, ¿que hacer? Ese era nuestro mayor problema pero no el único, la noche se acercaba y con ella la intensidad de los enfrentamientos contra los zombis, la orden era disparar sin importar que fuese, si se movía en la oscuridad era un peligro y había que eliminarlo cuanto antes, así que debíamos salir, tomamos el carrito, cargamos dos pistolas y nos fuimos con todo el cuidado del caso.
Llevábamos unas dos cuadras sin hacer ruido, el carro se deslizaba despacio por las calles frías y desoladas cuando nos enfrentamos a un niño de once años, estaba infectado y se percató de nuestra presencia, corrió presuroso para atacarnos y Juan sin dudarlo dos veces descargo un tiro en la frente del pequeño zombi y cayó en el frío pavimento, observé cómo Emilio dejó escapar una lagrima por su rostro ya que ese niño le recordó a su hermanito y si las cosas no mejoraban el podría estar corriendo la misma suerte, arrastramos el cuerpo a un lado de la calle y continuamos, la noche estaba haciendo su aparición y con ella la dificultad de saber si nos cruzaríamos con las patrullas y podríamos ser masacrados por ellos o devorados por un grupo de zombis, todo era incierto pero al mismo tiempo podíamos escondernos en la facilidad de la noche y la timidez de las sombras que lentamente hacían su aparición, todo iba sin novedad y al encontrarnos a pocos metros del taller tuvimos que escondernos, un patrulla golpeaba el portón insistentemente y alegaba que sabían que allí había personas protegiendo unos infectados, no sabíamos cómo se habían enterado, no sabíamos si iban a derrumbar el portón, eran 3 patrulleros que habían arribado en dos motocicletas, Emilio y Juan me dijeron que me quedará con el carrito de supermercado, ellos tomaron dos bates y de manera sigilosa se fueron acercando a los patrulleros, fue cuestión de segundos y los vi encima de ellos mientras los golpeaban y dejaban inconscientes, de manera automática el portón se abrió y metieron a los patrulleros, sus motocicletas y detrás yo estaba entrando también con el carrito y las armas, todo estaba saliendo bien, el plan ahora era interrogar a los patrulleros, utilizar sus uniformes y las motos para poder desplazarnos por la ciudad sin problema alguno y sacar el mayor provecho posible, todo iba bien, hasta que llegué a buscar a Mariana y no la encontré por ningún lado, entre en shock, la busque por todo el edificio, nadie daba razón de ella, la única conclusión era que al abrir el portón y por la premisa de meter cuanto antes las motos y los patrulleros, ella había escapado, Mariana se encontraba sola en la ciudad a merced de ser brutalmente asesinada y yo no podía hacer nada, por lo menos hasta que saliera el sol…
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