martes, 17 de enero de 2012

ZOMBIVENCIA - Solo en las calles

Cuesta creer todas las cosas que han sucedido, cuesta creer que lo que parecía ser la solución se convirtiera en nuestra mayor amenaza, el sueño ahora es pesadilla, el miedo es nuestra mayor virtud, el amor es nuestro motor, luchar por las personas que amamos, por Mariana, por su bienestar, por ella...

Me detuvieron, no dejaron que fuera a buscar a Mariana, ¿Andrés que le pasa? me dijo Emilio, tranquilícese y con calma veamos que podemos hacer, por el momento debemos decidir que hacemos con los patrulleros. Uno de ellos despertó mientras los otros dos seguían inconscientes, ya estaban atados de pies y manos, no podían moverse, el primero que despertó no quería hablar, tuvimos que golpearlo, no aguanté ver lo que Emilio y Juan hacían, lo torturaban, se turnaban entre sí, fueron dos horas de intenso dolor pero el patrullero no hablaba, luego de eso uno de los radios que ellos portaban empezó a sonar, el patrullero lo miro y luego se desmayó.

Aproveché que todos estaban observando que sucedía con los patrulleros, tomé un arma y algo de munición me aventuré a las calles en busca de Mariana, no sabía por dónde empezar ni que hacer, la incertidumbre se apoderaba de mi, una leve llovizna caía sobre la ciudad, cuerpos destrozados que tuve que sortear a mi paso, quejidos de zombis a lo lejos, mi mano derecha temblorosa sostenía el arma, un cigarrillo para apaciguar el frío y los nervios, las calles destilan miedo y yo lo tomo con cada respiración acelerada, mi corazón está a punto de colapsar, en la mente solo tengo a Mariana, trato de llamarla, no puedo gritar y no creo que ella tampoco me escuche, maldigo una y mil veces aquel día que la humanidad entera celebraba en las calles la noticia sobre la dichosa vacuna, regresa a mi mente el día que la acompañé para que se la suministraran, maldigo a los gobiernos y sus científicos, hasta las ratas que ahora son los nuevos perros callejeros se ven más amigables que esos malnacidos que desataron esta guerra de supervivencia y de miedo.

Había recorrido unas seis cuadras a la redonda sin tener el mínimo destello de lucidez para encontrarla cuando un zombi se percató de mi presencia, era un anciano de unos setenta años, parte de su cara estaba carcomida, llevaba un saco a rombos, las pantuflas lo hacían caminar torpemente, se dirige a mi como puede y se lanza, lo esquivo y observo como trata de levantarse del suelo para volver a atacarme, mi dedo se desliza en el gatillo y le apunto a la cabeza pero me detengo... si le disparo puedo alarmar a las patrullas que merodean o puedo llamar la atención de más zombis, lo empujo con el pie y sigo mi camino de manera presurosa, luego de doblar la esquina lo pierdo de vista, siento algo de pena por aquel anciano que vio como el final de sus días terminan de la manera más vergonzosa pero no estaba a salvo todavía, un grupo de unos siete zombis que devoraban como podían a una joven pasada de kilos me ven y corre donde estoy, saco el arma y empiezo a descargarla sobre ellos, algunos reciben el disparo en una de sus rodillas y no pueden continuar pero siguen arrastrándose, otros lo reciben en su pecho y sigue hacia mi, solo uno lo recibe en la cabeza y se desploma, se acaban las balas del primer proveedor y tengo que correr, todavía hay tres detrás mio, no sé hacia dónde coger, el miedo me invade y pienso en Mariana, ¿estará ella devorada por los zombis? alguna patrulla la habrá capturado y desmembrado o arrastrado como vimos con Emilio y Juan, me estoy quedando sin aire... los zombis siguen detrás mio, tomo un poco de ventaja recargo el arma y vuelvo a disparar, me libro de ellos y puedo detenerme a tomar un respiro, me he alejado mucho y la llovizna se ha vuelto una lluvia fuerte, busco refugio y pienso en la manera de volver al taller.

Estoy en un edificio abandonado que al parecer no está habitado por zombis, me siento tranquilo luego de revisarlo completamente me dirijo a un cuarto deshabitado, por fin en días logro descansar algo, tomo un baño de agua helada y me recuesto en una cama, no sé cuanto tiempo habrá pasado pero escucho ruidos de motos afuera, son patrulleros que desesperados tumban puertas de casas y edificios del frente, al parecer buscan alguien, doy un salto de la cama y recargo el arma, no dejaré que me lleven con ellos, no dejaré la resistencia, debo encontrar primero a Mariana y luego huir con ella, se dirigen a donde me encuentro y el sudor frío recorre mi frente, es la hora de enfrentar mis temores, o me matan o los mato...  


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