martes, 13 de diciembre de 2011

CAPITULO IX


Imagina una calle, es larga y se pierde en el horizonte, no tiene señalizaciones, a los lados hay edificios de fachadas grises, no tiene cruces, una leve llovizna la moja, no hay nadie en aquella calle, te encuentras parado en la mitad y empiezas a caminar… lenta y pausadamente, el agua que cae en tu cabeza se desliza suavemente por tu cara, parecieran lágrimas, sigues caminando y te encuentras con  tus amigos de infancia, ellos no te hablan, no te miran, no saben que estas ahí, no saben que están ahí, solo son parte de tu imaginación, un viento helado se mete y hace que tiembles, por momentos se hace fuerte y dificulta tu trayecto, esta rasgando tu piel y cae en el asfalto con la fuerza de mil demonios enojados al perder la paciencia de siglos en guerra.
Tu familia también hace presencia, hace una reverencia ante ellos, dices algunas palabras que esperan ellos escuchen, pides perdón y les exiges por todas las veces que te hicieron sentir mal creyendo que era lo mejor para ti, abrazas a tus padres, un beso en la mejilla y es el momento de seguir, la caminata se hace un poco más rápida, el tiempo se agota y te falta mucho por recorrer, la lluvia se hace más fuerte, la piel se ha ido del todo y es tu carne la que ahora se ve, palpita y se derrite, aquellas personas que han sido parte de tu vida siguen saliendo a cada lado de la calle, parece un desfile, pero eres el único que está en el, te acercas a los más importantes, la carne sigue cayendo en pedazos, aquella persona que amas también está allí, la miras con alegría, tristeza, odio, esperanza y amor, nunca hará parte de tu vida como quisieras pero es hora de decirle adiós… solo están los huesos, no escuchas, no ves, no respiras, no piensas ni sientes, el viento te impulsa como si estuvieras levitando, ya no hay edificios, ya no hay gente, ya no hay nada… la calle desaparece, la lluvia se ha ido y tú con ella.





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